No son los únicos que han tomado este azaroso
camino. Atrapados en Colombia, hay medio
centenar de cubanos que desertaron de misiones
médicas y deportivas en Venezuela, el país
vecino. Llegaron a cuentagotas y por caminos
distintos.
Pero todos ven, en una reciente política
estadounidense que facilita el asilo a los
profesionales cubanos que trabajen en terceros
países, una puerta de entrada segura a Estados
Unidos. Pocos han obtenido sus visados. La
mayoría vive en un limbo legal: Washington no
les ha dado respuesta o les ha negado la
solicitud de asilo; y para permanecer en
Colombia, en calidad de refugiados, cada tres
meses deben renovar un salvoconducto ante las
autoridades. Algunos ya tienen fijado un plazo
para abandonar el país.
Ariel, Jorge y Antonio fueron tres de los
primeros nueve desertores cubanos que
acudieron a la Embajada de EE UU en Bogotá, el
pasado agosto, cuando entró en vigencia la nueva
ley norteamericana (Programa para el Personal
Médico y Profesional Cubano). Rellenaron
formularios, respondieron una y otra vez a
preguntas, y conocieron a otros seis
compatriotas que estaban en las mismas
condiciones. Una de ellas, Nora, odontóloga de
46 años, tiene un sueño claro: reunirse en Miami
con su marido, psiquiatra, que se arriesgó hace
un año a escapar de su país como balsero. Nora
trabajaba en Maracaibo; una noche pidió permiso
para ir a casa de unos amigos a llevar
medicamentos. En lugar de eso, buscó un autobús
para viajar a Maicao, en la Guajira colombiana.
Tuvo que pagar una suma considerable para que la
llevaran sin documentación.
De ese primer grupo de nueve, Antonio, médico de
35 años, ya está en Miami; a dos colegas les
negaron la opción; los otros seis siguen a la
espera.
A Yovany ya se le cerró el círculo. Es uno de
los 11 que recibieron la negativa de Estados
Unidos el pasado 22 de enero y uno de los que
debe abandonar Colombia en pocos días. Tiene 29
años y es profesor de educación física. "¿Qué
puerta toco?"; "¿Qué hago?" son preguntas que se
formula una y otra vez. Luego, con sus manos
inmensas, se envuelve la cabeza. No tiene
respuestas. "El mundo se me cae encima", dice
después; "estoy en el limbo migratorio".
Él, como todos, tiene pavor a una posible
deportación. Es un rumor que no saben quién echó
a rodar, pero los tiene paralizados. Sigue con
atención las noticias, teje conjeturas sobre los
hilos de la política internacional, calcula qué
hecho los puede afectar. Yovany no ahorra
precauciones: no le dice a nadie dónde vive.
Prefiere hablar en cafeterías con los
periodistas.
Ariel, Jorge y Nora son más abiertos. Comparten
un pequeño apartamento de dos cuartos y un salón
donde acomodaron, apretados, los muebles que les
prestaron los vecinos: un sofá, una mesa redonda
y un armario donde guardan de todo. Encima están
los santos y un velón que arde día y noche. "Si
nos va mal no será por falta de rezos", dice
Ariel con el desparpajo caribeño. Es médico,
tiene 36 años y, como los demás, dejó parte de
su familia en Cuba; otro pedazo está en Miami,
esperándole. Señala el techo manchado de negro
por el humo. "El Niño Dios ya está en Miami",
dice. El santo viajó en el equipaje de Antonio a
mediados de enero.
En el barrio de Bogotá donde viven son conocidos;
sus vecinos los quieren. Los buscan para
consultarles por una gripe, de los males de los
niños, de las mujeres. En este barrio popular,
al sur de la ciudad, de casas de dos o tres
pisos, divididas en tres o más apartamentos, se
ha formado una especie de colonia cubana. Desde
la terraza -casi todas las casas tienen una-,
Ariel mira un paisaje urbano atiborrado de
antenas y dice: "Aquí llegamos a vivir 16
cubanos: 6 de ellos ya están en Estados Unidos;
otros se mudaron de ciudad o de barrio".
Con la notificación de los primeros visados se
sintieron contentos. Después empezaron a
llenarse de incertidumbre: ¿en qué orden están
llamando?, ¿por edad?, ¿por experiencia?, ¿por
apellido?, ¿por especialización? "Hemos llorado
mucho en Colombia", dice con los ojos húmedos
Nora. Tratan de controlarse pensando que el
trámite debe ser demorado, que Estados Unidos se
tomará su tiempo para estar plenamente seguro de
a quiénes van a abrir sus puertas.
Prefieren no pensar en el rechazo. Se aferran a
la idea de que el Gobierno estadounidense
cumplirá con ellos. Matan el tiempo y la
angustia caminado, visitando hospitales y
clínicas -obviamente, no pueden trabajar-,
cocinando comida típica de su país.
El peor día fue el pasado 22 de enero, cuando se
conoció la noticia de 11 peticiones rechazadas.
"Lloramos; íbamos de acá para allá". Viven de la
"caridad humana", del dinero que les dan amigos,
conocidos y lo que les envían desde Estados
Unidos.
[ Back ] [ Up ] [ Next ]