Jorge Hernández Fonseca
www.cubalibredigital.com
15 de Febrero de 2008
Diez días atrás hube de publicar un
artículo relativo a la actitud de los
cubanos dentro de la isla, en lo que a
sus relaciones con la dictadura
respecta. Para mi es notorio como la
inmensa mayoría de los cubanos tienen
anhelos democráticos y libertarios, y
aunque en privado se oponen al régimen
comunista que los oprime, en público
actúan como si lo apoyaran.
No critiqué en mi artículo a los cubanos
que así proceden dentro de la isla,
porque sustento la tesis de que el
proceder de los que viven en Cuba, por
estar sometidos a presiones de todo
tipo, sobre todo políticas y materiales
a un extremo inconcebible --mantenidas a
propósito por la dictadura mucho
tiempo-- padecen una enfermedad que
llamé como “Síndrome de la Habana”.
El artículo motivó diversos mensajes que
me llegaron, muchos de ellos con la duda
de si yo había querido decir que los
opositores pacíficos cubanos hacían lo
que la dictadura quería que hiciera. Por
esa razón y por el mérito implícito en
el accionamiento de ese reducido grupo
de cubanos dignos --que luchan en franca
desventaja contra un enemigo cruel-- es
que quiero abundar en los conceptos
emitidos, aclarando mi personal punto de
vista al respecto, que de manera ninguna
pude dividir la oposición externa de la
interna, pues somos el mismo pueblo.
Creo que la enorme mayoría del pueblo
cubano rechaza de lleno el régimen que
los oprime, que les corta sus libertades
y que los somete a una dictadura
totalitaria sin precedentes en
Latinoamérica. Esa férrea dictadura los
somete además a una penuria material y
espiritual que espanta. De manera que,
considero al pueblo cubano como franco y
mayoritariamente opositor.
Sin embargo y producto de una verdadera
enfermedad psicológica, que tiene sus
antecedentes en el “Síndrome de
Estocolmo”, mediante el cual las
víctimas de secuestro terminan
estableciendo inexplicables lazos
afectivos con sus captores, es que creo
que algo de ese tipo sucede en el seno
de las dictaduras totalitarias, como la
cubana, con características un poco
diferentes a lo que sucede con los
secuestrados, y que denominé “Síndrome
de la Habana”.
El Síndrome de la Habana se manifiesta
cuando los cubanos (opositores en
privado) desfilan en la Plaza de la
Revolución dando una impresión de apoyo
a la dictadura que los oprime; se
manifiesta cuando son interrogados por
periodistas extranjeros y a pesar de ser
opositores convencidos, dan el discurso
oficial; se manifiesta cuando acuden en
masa a las votaciones amañadas que la
dictadura prepara para legitimarse,
entre otras inexplicables actividades
que ejecutan siendo en el fondo personas
opuestas a la dictadura. Hablo de una
mayoría de cubanos, que actúan de una
manera radicalmente diferente a como
realmente piensan.
Como toda enfermedad, hay muchos inmunes
a la misma. Son precisamente los
opositores pacíficos cubanos,
organizados en movimientos
contestatarios dentro de la isla, como
periodistas independientes, como
bibliotecarios, como luchadores de
Derechos Humanos, o simplemente como
opositores políticos declarados. Muchos
cubanos dignos están en esta lista, que
no daré por temor a dejar fuera a
alguien. Ninguno padece el Síndrome de
la Habana. Cuando en mi anterior
artículo hice referencia a cubanos
opuestos al régimen, que hacen lo que la
dictadura quiere de ellos, no me refería
al grupo de valientes opositores
consecuentes con sus ideas, me refería a
la mayoría del pueblo cubano (opositores
en privado) que no actúan así.
Es este grupo de opositores el que ha
perdido el miedo y es inmune al Síndrome
de la Habana; la excepción que justifica
la regla. No critico a quien dentro de
la isla toma sus medidas de “doble
moral” (pensar en privado que la
dictadura es un desastre y en público la
apoya) aunque no considero ese proceder
en fase a las mejores tradiciones
cubanas. Es algo de fuero interno.
Los recientes episodios envolviendo a
Ricardo Alarcón son demostrativos de
este tipo de comportamiento. Estudiantes
cubanos que le plantean interrogantes
sobre las muchas medidas
discriminatorias que el gobierno
castrista ha tomado contra su pueblo de
manera conciente y en fase con el
historial comunista de procedimientos,
de repente son abordadas en un contexto
represivo, después de los estudiantes
haber sido sometidos a amenazas o
coacciones de todo tipo, ellos mismo
vienen a público a decir que todas sus
expresiones fueron ‘revolucionarias’.
Las expresiones dichas ante Alarcón
pudieran ser revolucionarias, lo que
nunca pudieran ser es fidelistas o
comunistas, porque fueron Fidel y su
partido comunista, ambos en su sano
juicio, quienes impusieron las medidas
criticadas por lo jóvenes y que como se
vio en el video, Alarcón no pudo
responder simplemente porque no hay
respuesta para la discriminación y el
abuso.
Como si no hubiera suficientes ejemplos
de comportamiento tipificado en el
Síndrome de la Habana, estos estudiantes
arrepentidos (pero revolucionarios,
según ellos mismos), todos, se
comportaron de acuerdo al libreto
oficial, cuando se sabe que sus
cuestionamientos contradicen
frontalmente los preceptos de la
revolución comunista cubana, cuyo
objetivo no es el bienestar del pueblo,
sino la preservación del poder a toda
costa en manos de los hermanos Castro.
Los estudiantes que cuestionaron a
Alarcón no demostraron la fibra de la
oposición pacífica cubana actual y de
inmediato se doblegaron a la voluntad de
la dictadura, como ejemplos
representativos de la enfermedad
oportunista del Síndrome de la Habana
que padece la mayoría de los cubanos,
mezcla de oportunismo, cinismo, doble
moral y sálvese quien pueda.
En algún momento sabremos lo que estos
jóvenes hablaron en privado y en
círculos íntimos, sobre todo en el
intervalo de tiempo que transcurrió
entre la asamblea con Alarcón y el
momento que la policía política los
detuvo para darles “algunos consejos”. A
partir de ahí se produjeron las
filmaciones de “aclaraciones
revolucionarias”: “dijimos lo que
dijimos, porque apoyamos la revolución”.
Fue un “Progrón” represivo digno del
estalinismo más descarnado.